NAVIDAD EN UNA CASA COMÚN QUE GIME

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Y dio a luz a su hijo primogénito…, lo recostó en un pesebre, porque no había sitio (Lc 2,6)

Constantemente nacen seres humanos en nuestro planeta. Se calcula que 253 cada minuto, 15,181 cada hora, 364,335 cada día. Es la “Navidad que no cesa”. Y vienen a nuestra casa común, (…): “hermana común con la cual compartimos la existencia”, “madre bella que nos acoge entre sus brazos” (LS 1).

El terrible drama de esta Navidad incesante es que tanta vida no puede ser adecuadamente acogida: ¡no hay lugar!  Sí hay contaminación, basura, porquería, calentamiento global, aire contaminado, agua insuficiente -no siempre potable y limpia-, biodiversidad amenazada; y, entre los humanos, desigualdad, exclusión, violencia. La tierra, que acoge tantas Navidades, gime.

Necesitamos un nuevo comienzo para nuestra casa común sea “casa acogedora”, espacio en el que la vida crezca bella, vigorosa, inmaculada. Sólo así será redimida la vieja y amenazante navidad.

Muchos hemos nacido en un contexto de altísimo consumo y bienestar, que vuelve difícil el desarrollo de otros hábitos. Necesitamos una nueva conciencia que se traduzca en nuevos hábitos. Hemos de aprender de nuevo a cuidar la casa común para acoger la Vida que viene. Navidad es una invitación a “unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral”. La Navidad de Dios proclama que “las cosas pueden cambiar”. El Espíritu “cuidador” nos invita a la conversión ecológica. Ella puede provocar aquella sublime fraternidad con todo lo creado que tan luminosamente vivió san Francisco de Asís.

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